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abril 7, 2020
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Alberto Spencer, goleador histórico de la Copa Libertadores

La pasión del fútbol es el gol y, si hablamos de goles en esta parte del mundo, tenemos que hablar de Alberto Spencer, un nombre propio en la Copa Libertadores, ¿cómo no serlo?. ¡Es el goleador histórico!.

Oriundo de un poblado pequeño en la costa ecuatoriana, llamado Ancón, de una estirpe única, siempre aplomado, sencillamente cordial, atildado, correcto, y de impecable vestuario.

Llegó a Uruguay a los 22 años (1960) con un pequeño bolso en sus manos, en aquel momento nadie se imaginaba que aquel joven mulato, se convertiría en leyenda del club más grande del fútbol charrúa.

Tres Copas Libertadores ganadas, cinco finales protagonizadas y la marca máxima de goles: 54, que quizá no se iguale, ni en un siglo, o nunca. En el primer partido de la historia copera, Peñarol goleó 7-1 al Wilstermann boliviano con triplete del muchacho de Ancón.

A comienzos de los años 60 era un fútbol muy difícil el uruguayo; aún era una potencia: venía de ser campeón del mundo en 1950 y cuarto en 1954. En 1966, Inglaterra se coronó en su Mundial ganándole a Alemania, Argentina, Francia, Portugal y México; a la única selección que no pudo vencer fue a la Celeste: empataron a cero en el debut mundialista y con la reina en el palco.

Había que ser muy hombre para brillar en ese medio. ¡Y jugando de delantero…! Washington Etchamendi, técnico de Nacional, les ordenaba a sus zagueros: “la primera es a la garganta”.

Un fútbol descomedidamente rudo, con reglamento aparte, pero Alberto, no se achicó nunca. En la década del 60, Peñarol era, junto al Santos y el Real Madrid, el equipo más fuerte del mundo.

A los dos equipos los tenía a maltraer. Y los goles eran de Spencer. Al mejor Santos de la historia, el de 1962, le hizo un gol en Montevideo y dos en Brasil. Para ubicarse en el tiempo: en las finales intercontinentales de 1966, Peñarol venció en los dos partidos al Real Madrid 2-0 y con mucha superioridad. Cabeza Mágica anotó tres de los cuatro tantos.

En Sudamérica era igual: 1-0 a Olimpia en la primera final de 1960, gol de Alberto; 1-0 a Palmeiras en la de 1961, Alberto; 4-2 a River en 1966, dos suyos… ¡Siempre así!. ¡Una máquina imparable!… Goles decisivos, en finales. Una pantera tipo Didier Drogba, con un juego aéreo devastador y piques electrizantes.

Murió en la madurez, rozando los 69, pero nadie se hubiese atrevido a llamarlo viejo. Conservaba la estampa del veterano intacto.

Llevaba con altura el peso de sus años de oro. Nos parece verlo bajar de su carro, un sobrio BMW gris, en el playón del estadio Centenario, traje cruzado impecable, camisa blanca, corbata al tono. Sereno, esbelto y digno, Spencer era la contrafigura de la mayoría de los futbolistas que, tras el retiro, engordan, se deterioran, encanecen y se abandonan.

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