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agosto 22, 2019
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El éxito de Pep

El fracaso es formativo, dice Marcelo Bielsa. Y es que en el fútbol, perder es la norma; al final de la temporada, sólo un equipo levanta la copa, sólo uno se lleva la gloria, mientras los demás quedan como simples observadores obligados al destierro y al olvido.

 

¿Pero cómo aprender del fracaso cuando se gana casi siempre? Ese es el caso de Josep Guardiola. Desde aquel 17 de junio de 2008 cuando fue presentado como entrenador del primer equipo del F.C. Barcelona, el de Sampedor ha hecho de la cima del fútbol mundial su hogar.

 

En aquel momento, era difícil pronosticar que Guardiola se convertiría en el estandarte del fútbol moderno, de ese estilo de toque y toque impregnado con el ADN del Barça, heredado de Johan Cruyff. Sobre todo luego de esa sorprendente y ya mítica derrota ante el Numancia en su debut liguero.

 

Nada supo interponerse entre Pep y el éxito. En el Barcelona, ganó todo lo que había disponible para ganar, pero explorando los entresijos de todas esas victorias, se puede observar que la carrera de Guardiola como entrenador del Barça se puede narrar con muchas más variables que sólo trofeos levantados. El legado del Pep es intangible, pero innegable. Compone las páginas más gloriosas de los libros de historia del equipo catalán y del fútbol mundial. El despliegue futbolístico de ese equipo coqueteaba con el performance artístico: la salida desde el fondo, el arquero jugando como líbero en la frontera del área, el paseo de la pelota por todo el campo que hipnotizaba y desesperaba al rival, la reinvención del falso nueve; un catálogo interminable de maniobras que hicieron de Guardiola el mejor entrenador del mundo y de ese equipo, uno de los mejores de la historia.

 

Por desgracia, el amor no es eterno. En 2012, Guardiola decidió abandonar la presión del banquillo blaugrana para tomarse un bien merecido año sabático. Volvería recargado a tomar las riendas de otro coloso europeo: el Bayern Münich. Un equipo que ya dominaba la Bundesliga y que una temporada atrás, había ganado el triplete.

 

Sin embargo, con Pep en el mando, el dominio del ejército bávaro pasó a ser brutal. El Bayern no sólo derrotaba a todos sus contrincantes de la liga, sino que les pasaba por encima, los aplastaba con tal vehemencia y autoridad, que la sola idea de derrotarlos se transformó en utopía. Imposible encontrar el antídoto para vencer a ese monstruo infalible.

 

Pero como en la vida y en el fútbol casi todo es cíclico. Aquí vuelve a ser relevante la frase de Bielsa: Guardiola no pudo ganar la Champions League con el conjunto alemán. Las semifinales se convirtieron en su peor pesadilla: un año el Real Madrid, otro el Barcelona y después el Atlético de Madrid.

Los grandes también caen, también sucumben ante los impredecibles desafíos del universo fútbol. Guardiola se despidió de Alemania para emprender un nuevo reto en un destino soñado: Manchester. A dirigir a ese peculiar equipo que ha vivido a la sombra del dueño del Teatro de los sueños, esa institución reformada con las ganancias del petróleo y a su fiel hinchada que no para de cantar Wonderwall como himno de guerra.

 

En el City, Guardiola ha edificado un equipo dominador, conquistador, que mantiene la esencia del fútbol total; un equipo al que le interesan las victorias, pero también la forma de conseguirlas. Pasó de ser un equipo que sólo completaba la lista de competidores a ser un absoluto protagonista, un candidato a ganarlo todo siempre. Aunque claro, la Champions sigue siendo el anhelo más grande de la afición.

 

Pep Guardiola es un hombre polémico, peculiar. Un icono y estoico defensor del independentismo catalán. Un estratega con precisión militar. Un obseso de la táctica y del juego. Un genio loco─sobran las anécdotas de futbolistas recibiendo mensajes o llamadas a horas prohibitivas de la madrugada, porque al Pep se la había ocurrido una idea para el siguiente partido─. Ese es Guardiola, un tipo que ha entregado su vida al fútbol, que fue un gran futbolista, pero que como entrenador ha destruido todos los libretos para escribir su nombre en la memoria de todos los hinchas del fútbol.

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