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febrero 21, 2020
Fan One Sport

El placer de entrenar

Entrenar es un valor seguro

A ningún futbolista se le asegura que va a jugar todos los partidos de la temporada a no ser que haya costado una millonada. Entonces ya no estaríamos hablando de fútbol sino negocio. El resto no tiene asegurado jugar todos los partidos. Lo que sí está asegurado es poder disfrutar de todos los entrenamientos del equipo. De hecho se paga por entrenar mucho y por jugar de vez en cuando. No es como en la NBA que casi hay el mismo número de entrenamientos que de partidos.

En fútbol, si no tenemos en cuenta a los equipos que acostumbran a jugar competiciones europeas -que son minoría- la relación entre partidos y entrenamientos es de 5 a 1. Cinco días de entreno y uno de partido por semana. Para hacer del fútbol una experiencia agradable pero exigente, es aconsejable disfrutar de los entrenamientos. Me atrevo a decir que la gran mayoría de jugadores disfrutan entrenando.

risas fútbol

El entreno es el momento idóneo para ganar confianza, ya que los errores son menos trascendentes que durante un partido. El jugador agradece que el entrenador evite caer en la monotonía a la hora de programar los entrenos. Cuanto más dinámicas sean las sesiones más motivados estarán los jugadores. Uno de los principales pecados en los que caen muchos entrenadores es permitir que los que juegan sientan que no van a perder el puesto y que los que no, sientan que no van a arrebatárselo al titular.

El entrenador no siempre tiene tiempo o la habilidad de subir la moral de un jugador deprimido. No jugar mucho no es una excusa de peso para no entrenar bien. De hecho merece la pena aprovechar las sesiones de entreno para evitar caer en la desidia.

No es fácil mantenerse motivado cuando el esfuerzo no se ve recompensado a corto o medio plazo.

El míster no es un tutor que va preguntando uno a uno cómo se encuentra. Se interesa por quien cree que le puede ser útil. Las alineaciones no se hacen para premiar el trabajo, sino para ganar partidos. A veces los entrenadores tienen que ir contra sus principios y poner a jugadores que, de tener sustitutos de su confianza, no pondrían. El galés John Benjamin Toshack dijo en una rueda de prensa siendo entrenador del Real Madrid una frase que apoyarían todos los entrenadores:

«Los lunes siempre pienso en cambiar a diez jugadores, los martes a siete u ocho, los jueves a cuatro, el viernes a dos, y el sábado ya pienso que tienen que jugar los mismos cabrones.»

Una plantilla ronda los 22 jugadores; de estos 22 solo 11 pueden empezar como titulares. No estar entre esos 11 no es un fracaso si se da todo en los entrenamientos y partidos. No hay que tener prisa, los premios a veces tardan en llegar y no siempre de la manera que esperamos. Puede que no lleguen hoy, ni mañana; puede que el premio lo recibas años después de haberte retirado. Decirle esto a alguien que está jugando actualmente es descorazonador, pero el tiempo es más sabio que la impaciencia.

En la vida se gana o se aprende

Lo importante es quedarse con la satisfacción de haber hecho todo lo posible por ganarse un puesto. El entrenador no puede satisfacer a todos los jugadores. No es Dios. Dios tiene la ventaja de no estar obligado a satisfacer a todo aquel que se lo pide, y aun así sigue siendo idolatrado. Vemos a menudo como hay jugadores por parte de equipos rivales que le piden ganar el mismo partido al mismo dios. Supongo que esperan que Dios conceda la victoria a quien rece más fuerte. En un deporte tan competitivo todos no salen contentos. Al acabar el partido nadie se acuerda de si Dios les ha escuchado o no.

Uno mismo debe aprender a ser autocrítico, pero sobre todo a reconocer sus aciertos y virtudes, que suelen ser más de las que nos creemos. Si dependemos del reconocimiento por parte de otros nos convertimos en seres vulnerables. Es un error funcionar a base de palmaditas en la espalda. Éstas pueden convertirse en puñales sin apenas darnos cuenta. Pero no me malinterpretes: no hay que confundir la autoestima con la prepotencia.

Confianza+menosprecio a los demás = prepotencia.

Quererse aceptando que los demás también tienen virtudes es humildad y autoestima. Si pudiésemos entrar en la cabeza de algunos jugadores mientras juegan, nos sorprenderíamos de la cantidad de palabras negativas que se dicen a sí mismos cuando no están acertados. En los tenistas se ve muy bien lo que trato de explicar. Cualquiera que haya visto varios partidos de tenis habrá podido observar como algunos jugadores rompen raquetas o se gritan a sí mismos que “no valen nada” y frases por el estilo. Lo que me gustaría saber es por qué son tan pocos los que gritan en voz alta “¡qué bien lo he hecho!”. Seguramente porque sería ofensivo para los rivales y para el público. Posiblemente sería abucheado y criticado.

En cambio se permite que un jugador se autodestruya en público sin que nadie le pare los pies. Me parece enfermizo. Lo que ocurre es que cuando el público ve a un tenista flagelarse en la pista lo acepta porque muchas personas hacen lo mismo en privado. ¿Quién no se ha dicho nunca algo como “¡qué torpe soy!”? Yo no me lo he dicho nunca, pero escucho a diario a gente llamarse tonta por haberse equivocado en algo. Equivocarse no es cosa de tontos, es algo necesario. Ser tonto es cometer los mismos errores de forma sistemática, pero aun así, no soy capaz de insultarme a mí mismo, lo veo una estupidez.

La autoexigencia no tiene por qué estar ligada a la autodestrucción. No entra en mi cabeza decirme las cosas que me molestaría si otros me las dijeran. Aunque tengo fama de tipo tranquilo, para algunas cosas soy un impaciente. Por ejemplo, para felicitarme a mí mismo.

Tuve la suerte de coincidir durante mi etapa en el Espanyol B con Arnal Llibert. Arnal era un jugador luchador, explosivo, constante y con una calidad más que suficiente para mantenerse a buen nivel en 2ª o 1ª división, como hizo. Era un jugador que cuidaba mucho su forma física y entrenaba siempre al 100%. Era la clase de jugador que siempre estaba listo para jugar; por eso siempre era titular en cualquier puesto del campo que se le necesitara.

A simple vista desde dentro del vestuario, su secreto parecía ser su profesionalidad, pero años más tarde descubrí que el secreto de Arnal era que cada vez que marcaba un gol entrenando lo celebraba apretando los puños o con cualquier otro gesto poco exagerado. Cada vez que realizaba una acción de forma correcta aumentaba el ritmo y mostraba más confianza. Si fallaba lo volvía a intentar como si no hubiese pasado nada.

En el equipo hacía gracia que celebrara incluso goles sencillos en los entrenamientos. Pero de esto yo he deducido que él mismo se estaba premiando por el trabajo bien hecho, aunque este fuese un trabajo sencillo. Las cosas sencillas también hay que hacerlas bien. Cuando uno falla un gol a puerta vacía sabe que puede recibir un aluvión de críticas y mofa, razón de peso para celebrar los goles fáciles como si fuesen los más complicados. Bueno, Arnal celebraba bien todos los goles, incluso los que no marcaba él, algo que le honraba como buen compañero.

Cualquier jugador agradece tener a un Arnal en el equipo, aunque lo ideal es que cada uno sea un poco Arnal. Motivación por defecto. Yo he llevado el Espíritu de Arnal, sobre todo en mi vida: Si cojo el tren por los pelos, aprieto los puños y digo “yes!”; Si apruebo un examen, aprieto los puños; cuando lanzo una bola de papel desde lejos a la papelera y acierto, evidentemente que aprieto los puños. Incluso cuando mi mujer dio a luz apreté los puños mientras lloraba de emoción, y me dije por dentro “¡toma!”.

Ser futbolista permite conquistar varios premios como si se tratara del juego de Super Mario Bros.

Acertar un pase corto ya es motivo de alegría. Puede parecer lo más sencillo del mundo pero en cada partido vemos como se fallan un montón de pases de cinco metros. En tenis los llaman errores no forzados. Pues en el fútbol se dan de forma habitual pero cuando los acertamos no lo valoramos lo suficiente. No cuentan como goles pero hay que asimilar de forma automática cada acierto en el terreno de juego como un pequeño éxito que acerca al equipo al objetivo final, que es ganar. He hablado de pases cortos pero también son pequeños grandes aciertos cortar un balón, hacer un regate, una parada, un buen control… Por eso cuando un jugador debuta se le dice que toque fácil los primeros balones para coger confianza y armarse de valor a la hora de realizar acciones más complicadas si el partido lo requiere.

Retroalimentarse continuamente y rehacerse cuando se falla. La parte buena de reconocerse los aciertos, durante un entreno o un partido, es que no hay tiempo para saborear el éxito, si lo haces estás muerto porque habrás perdido la concentración. El juego no va a parar porque hagas un control espectacular, todo lo contrario, después de amansar el balón debes entregarlo en condiciones o finalizar la jugada; a ser posible bien. Es más, no hace falta decir nada cuando se acierta. Llega un punto en que ese “¡bien!” se transforma en placer; el placer de hacer las cosas bien. Es una sensación increíble cuando haces algo bien sin necesidad de reconocimiento externo (aunque de vez en cuando lo necesitamos). Para que te hagas una idea de lo que hablo te pongo un ejemplo: Más de una vez he comprado comida y la he dejado a alguna persona “sin techo” mientras dormía y no se lo he dicho a nadie porque no lo he necesitado. Esa es la sensación que busqué en el terreno de juego. Te puedo asegurar que no es fácil, pero solo yo sé lo que he disfrutado cada vez que me ha salido bien un centro en el entreno. Hubo días que llegaba a casa como si fuese David Beckham, sonrisa Profident con la satisfacción de haber hecho todo con la mejor actitud del mundo.

Este texto es un artículo un capítulo de mi libro «Fútbol B». Tienes el PDF gratuito del libro completo en mi web. 

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